Un intenso retrato del día a día de una unidad de desactivación de explosivos durante la guerra de Irak, un grupo de soldados de élite en una de las actividades más peligrosas del mundo: desarmar bombas activas en las zonas de control y combate.
La guerra es una droga.
No es sólo parte de la cita inicial o un slogan más para la cinta. ... Leer más Un intenso retrato del día a día de una unidad de desactivación de explosivos durante la guerra de Irak, un grupo de soldados de élite en una de las actividades más peligrosas del mundo: desarmar bombas activas en las zonas de control y combate.
La guerra es una droga.
No es sólo parte de la cita inicial o un slogan más para la cinta. Es un leit motiv, una idea que acompaña de inicio a fin, que nos contagia de zozobra toda la película, que nos hace partícipes. La guerra es adictiva, y las adicciones son dolorosas y peligrosas más allá del aparente placer que da la adrenalina ante el peligro. Y es aún peor: las adicciones no se limitan a nosotros, sino que afectan a quienes nos rodean, a quienes lidian con el mundo creado alrededor de la adicción.
Para los que quieren sólo la conclusión: si les gustan bélicas y dramáticas pueden dejar lo que están haciendo e ir directamente al cine; no se arrepentirán. La cinta (que, ojo, no es una cinta de acción, sino un drama con escenas de acción bélica) es una joya, con una historia poderosa y angustiante. Una película con más de una lectura y con una carga que golpea, que nos deja aturdidos y que provoca explosiones en nuestro interior.
El título original de En tierra hostil habla directamente de la idea principal de la historia: hurt locker es el slang para un sitio o experiencia lleno de dolor, un lugar donde se espera que haya sufrimiento. Como la vida en una compañía militar en Irak, en cuenta atrás para la rotación del equipo y el regreso a casa. Como el alma de quien vive en riesgo permanente, de quien se enfrenta a condiciones límite y es incapaz de confesar su hartazgo (o su pasión) por la situación.
Narrada en un tono muy cercano al de un documental, la cinta de Kathryn Bigelow (responsable de Point Break o Strange Days) nos habla de la guerra con un estilo directo que no sólo refuerza un modo de narrar el día a día de la guerra en Irak, sino que se convierte en un instrumento de tal fuerza que quizá nos encontramos con la que podría ser la mejor película que veremos sobre esa guerra.
La película es técnicamente virtuosa. Un gran trabajo de dirección que nos tiene con el alma angustiada, acompañado perfectamente por una edición/montaje impecable, que golpea nuestras emociones y nos hace –junto con la cámara- verdaderamente partícipes de todo lo que pasa.
El guión de En tierra hostil es de Mark Boal (periodista de guerra, que ya inspiró la historia de En el valle de Elah), y la historia nos presenta a los personajes sin dar descanso, poniéndonos en medio de la actividad bélica de los expertos técnicos: la compañía bravo ha perdido a su líder del equipo de desactivación de bombas, y un nuevo sargento ocupa su lugar. Un especialista con un impresionante récord de bombas desactivadas y, al mismo tiempo, alguien que vive en el borde del riesgo, un soldado egoísta, temerario e imprudente, una combinación peligrosa para él y su equipo. La compañía está a 38 días de la rotación, y el deseo compartido es simple y evidente: salir de ahí.
En los roles, Jeremy Renner ofrece un papel memorable como James, el nuevo sargento, con un equipo difícil de gestionar: Sanborn (Anthony Mackie) es un soldado que se apega a las normas, y responsable de la seguridad del escuadrón anti-bombas, mientras que Eldridge (Brian Geraghty) es un especialista con toques infantiles e inexperiencia. La película nos muestra su vida en la compañía, en espera de los días restantes, y en medio de la actividad de campo a la que se enfrentan.
Bomba tras bomba, y con la cuenta atrás de los días previos a la rotación, James y sus hombres nos llevan -con angustia- al mundo real donde cuesta trabajo distinguir al guerrillero del hombre común; donde las reglas de la guerra no son claras; donde un espectador silencioso quizá es el que detonará la bomba; donde el silencio en espera del francotirador apenas permite beber algo, sin poder quitarnos las moscas del rostro.
Drama. Bombas por desactivar. Seguir o no las normas. Consecuencias. Decisiones. Armas. La guerra en el videojuego parece muy simple, las reglas parecen definidas. La vida real es diferente. Las bombas reales son peligrosas, y más cuando no sabemos qué son o dónde están. Riesgo. Adrenalina. Oh sí, la guerra es adictiva.
Pero no permitan que el marco bélico confunda: no se trata de una justificación de la guerra ni se usa la guerra como pretexto narrativo o como idea filosófica. No se menciona la causa de la guerra, ni existen frases políticas: La guerra no es sólo la causa, no es sólo el combate o la táctica. La guerra es el caos. La guerra es la incertidumbre. La guerra es, sin más, una mierda. Todos lo saben. Todos. Hasta los que son adictos a ella. Nosotros somos sólo observadores del día a día. Testigos. Como los ciudadanos. Como los muros. Como el desierto.
Retomando los roles, además de los personajes principales, hay algunos cameos con nombres de renombre que además sirven como atrayentes de cartel, pese a ser papeles mínimos o casi inexistentes: Ralph Fiennes (The Reader), David Morse (Contact), Evangeline Lilly (la serie Lost) y Guy Pearce (Memento).
Una de las virtudes de En tierra hostil es que nos ofrece varias lecturas posibles, pues al mismo tiempo que puede verse como la narración sin opinión del día a día de un equipo anti-bombas, habrá quien lo lea como un tributo a los héroes, y habrá quien lo pueda ver como una crítica sutil a los EUA y su adicción a la guerra, mostrando las condiciones a las que se enfrenta y que son consecuencia directa de su participación: me enfrento al enemigo que está ahí porque yo lo he provocado.
Como muestra un botón: una toma con silencio y desolación ante una inmensa cantidad de cereales, un contraste de abundancia exagerada y absurda ante la escasez de todo en la zona de combate. El bienestar (logrado gracias a lo que hacen los héroes), el poder de decisión ante muchas opciones como reto alternativo a no saber quién es el enemigo en una calle donde las bombas están presentes, el exceso, el distractor de la vida miserable que hay fuera del campo de batalla, la riqueza de la vida después de sufrir el campo de batalla. Lectura distintas.
Como cierre, la toma final (que no revelaré) nos ofrece un cierre perfecto al copy inicial. La guerra es una droga. Algo que de entrada podría ser difícil de explicar, queda evidentemente claro y podemos tomarnos algunos minutos antes de levantarnos de nuestros asientos. La explosión emocional ha sido fuerte. Devastadora.
La ola de premios de la cinta comenzó ya con varios otorgados por asociaciones de críticos, o nominaciones a los Globos de Oro; y lo que viene pues, créanlo, se trata sólo del comienzo.
Obligatoria. Dura y capaz de tenernos con el estómago encogido en la butaca durante casi toda la película, se trata de una de esas que nadie debería perderse.
Quien conozca el nombre de Kathryn Bigelow sabrá que en Vivir al límite encontrará algunos elementos comunes a casi todos los films de la directora, presentes en películas aparentemente distintas, como Punto límite y K-19: comunidades masculinas cerradas, adictos al peligro, una mirada política que excede lo coyuntural, acción y tensión con ... Leer más Quien conozca el nombre de Kathryn Bigelow sabrá que en Vivir al límite encontrará algunos elementos comunes a casi todos los films de la directora, presentes en películas aparentemente distintas, como Punto límite y K-19: comunidades masculinas cerradas, adictos al peligro, una mirada política que excede lo coyuntural, acción y tensión constantes. La Bigelow pertenece a un selecto conjunto de cineastas que, por norma general, narran y muestran el mundo a través de la pura acción física. James Cameron, Michael Mann y en menor medida Tony Scott están, hoy, en ese nivel. Como todo el mundo sabe, es la máxima candidata –junto con su ex James Cameron– a llevarse el Oscar este año. Y si Vivir al límite ganase el premio de Mejor Película o Mejor Director por encima de Avatar, no sería del todo injusto, aunque sí –se sospecha– por las razones equivocadas. Porque lo que Bigelow narra en el film tiene que ver, en última instancia, más con el cine que con el contexto político de hoy, aunque se trate de marines y aunque se trate de Irak.
El film muestra varias misiones de un grupo de soldados dedicados a desarmar explosivos. Son tres, uno muere y es reemplazado por otro, llamado William James como el filósofo estadounidense fundador del pragmatismo, aquella escuela filosófica que superaba el dualismo y se concentraba en las consecuencias de cada acto. Casualidad o no, el núcleo del film es la imposibilidad de James para seguir los delicados protocolos de su tarea, para llevar adelante un pragmatismo absolutamente radical que lo pone en un peligro constante. El problema es que es un peligro buscado, que tanto en James como en sus –sólo aparentemente– más atildados compañeros funciona como una adicción. Es por eso que el film no es, precisamente, una acusación sobre la invasión a Irak –aunque en la superficie no carece de tal elemento– sino algo mucho más profundo, más serio incluso.
Como lo había hecho en Punto límite o en Días extraños, el núcleo de la película es el descubrimiento de cómo un medio se transforma en un fin y por qué. Los surfers de Punto… roban bancos para seguir surfeando. Pero en realidad surfean para robar bancos, o ambas cosas para ser ellos mismos poniendo constantemente en peligro su propio ser. Johnny Utah, el personaje que encarnaba Keanu Reeves, los busca por justicia pero termina reconociendo que es policía porque ama esa sensación de que la vida puede terminar en cualquier momento. Ese gozoso nihilismo es el que anima sin más a James, el que transforma la guerra en un todo o nada constante donde manda el deseo del propio cuerpo. Por eso éste es un film extraño: un drama psicológico que sólo puede contarse mediante la acción más clásica y llevar al extremo la poética del hombre en peligro.
Y allí es donde aparece su verdadera dimensión política: el Estado contemporáneo (aquí es el estadounidense, pero esta tara ya es global) necesita que el hombre viva los medios como fines para que deje de cuestionar su lugar mecánico en la economía de este mundo. El ejército necesita adictos al peligro, porque es esa adicción lo que los vuelve máquinas perfectas que harán cualquier cosa por su dosis. Aquí no importa que la guerra sea Irak ni qué presidente ocupa la Casa Blanca: lo que importa es qué tipo de hombre ha creado el mundo contemporáneo. Metafóricamente, el film muestra al adicto al trabajo en una gran empresa y también al lumpen envilecido que roba matando desesperado, todos funcionales a un poder sin espíritu. De allí que, en la desoladora secuencia final, James –un enorme trabajo de Jeremy Renner– descubre que lo único que lo hace feliz es desarmar bombas, dejando atrás incluso el último jirón familiar de orden burgués. Como el protagonista de Amor sin escalas, está solo y ha descubierto que la soledad es la única lógica de este mundo. Por eso también es el complemento de Avatar: la única forma de superar este estado de cosas (y este Estado de cosas) se encuentra fuera del mundo. Que un film lleno de secuencias de suspenso magistrales, con gran dominio de la acción y con mínimos diálogos vibre a esas alturas está, incluso, más allá de cualquier premio.
¿Hay algo más que decir acerca de la guerra que no lo hayan dicho ya las innumerables producciones bélicas disponibles en el mundo entero, desde que el cine existe?
Parece obvio que mientras haya guerra, la respuesta sea sí.
La pregunta es si alguna nueva película nos hará ver aquel trazo humano en el que no habíamos reparado.
Kathr ... Leer más ¿Hay algo más que decir acerca de la guerra que no lo hayan dicho ya las innumerables producciones bélicas disponibles en el mundo entero, desde que el cine existe?
Parece obvio que mientras haya guerra, la respuesta sea sí.
La pregunta es si alguna nueva película nos hará ver aquel trazo humano en el que no habíamos reparado.
Kathryn Bigelow sí tiene algo que decir en “VIVIR AL LÍMITE”, la película que compite con “Avatar” y su ex, James Cameron, por los Oscar.
La directora detiene su mirada en un particular oficio que ha debido profesionalizar el ejército estadounidense en Irak: los técnicos de bombas.
“Vivir al límite” es un drama desesperanzado pero sobrio, que ubica a los soldados en su escenario “laboral” y que mezcla crudeza con rutina, en una combinación que aporta más realismo que si hubiese optado por el gore, una tentación nada fácil de soslayar en un género como éste.
Sin llegar a ser sicologista, la película expone al espectador más a una pregunta que a una respuesta: qué ocurre cuando tu “pega” es jugar a los dados cada mañana (o noche), como dice uno de los personajes, con sólo dos opciones: vives o mueres; a qué se ha de renunciar en un normal desarrollo emocional para ser apto para aquello (por ejemplo, a la capacidad de amar).
Bagdad, 2005, un día cualquiera. Aviso de bomba. La compañía acude con su robot, sus trajes especiales... La tensión no se detiene. No sólo por saber si el artefacto explotará antes, después o durante, sino porque el ambiente hostil que rodea al grupo y, sobre todo, la imposibilidad de saber quién es enemigo, quién victimario, quién víctima, mueve a los personajes en un trajín controlado y nervioso a la vez. La cámara ayuda: inestable (al hombro), con acercamientos o alejamientos bruscos, un montaje igualmente tenso...
Es un día más, de esos que se descuentan, como en las cárceles.
El sargento William James (Jeremy Renner), un ranger que luce en su currículum un impresionante número de bombas desactivadas, llega a hacerse cargo del grupo en lo que ahora se llama Camp Victory. James es un hombre que no se asombra ni se ofende con facilidad y que incluso sabe relacionarse con un medio de códigos peculiares. Tiene algo de llanero solitario, sin caricatura.
Aquí se dispara sin saber a qué y también por si acaso. A veces es en pleno desierto, a veces en los márgenes de la ciudad, otras en medio de lo más poblado de esa urbe destrozada. El descanso es con mucho alcohol, con juegos de peleas, con curiosos “recuerdos” guardados bajo la cama.
Mientras, la compañía “Bravo” cuenta los días que le restan a su misión, un conteo que puede resultar del todo inútil, ya sea porque un día tocó la muerte o simplemente porque la guerra no piensa en terminar.
A medida que avanza el metraje, los cortes de una secuencia a otra son cada vez más precisos hasta configurar un contraste que puede parecer hasta más violento que cualquier otra escena y la distancia de lo que parecía un estilo documental, a lo que contribuyen más el desempeño actoral —convincente, sólido, coherente— que la intención de estilo.
En este sentido la resolución de la historia —o más bien la no resolución— termina por perfilar a este filme como uno de los más valiosos y potentes que se hayan filmado sobre esa barbarie que el ser humano no ha logrado desterrar de la faz de la Tierra aún en el siglo XXI.
A su potente aporte de contenido la película exhibe como mérito el magistral manejo del suspenso, un suspenso en sordina, nada aparatoso. Como los diálogos, que son triviales (o todo lo que pueden ser). No son los soldados los que nos entregan grandes reflexiones: ellos sólo nos exponen lo que viven los miles de seres humanos que viven actualmente en guerra.
IDEAL PARA: Ver cine del bueno.
Si hay algo distintivo en Zona de Miedo (The Hurt Locker, EU, 2008), octavo largometraje de la especialista en cine de acción Kathryn Bigelow (Punto de Quiebra, 1991; Días Extraños, 1995), es su rechazo a ver la ocupación en Irak como mero excipiente fílmico para la diatriba política o la autocrítica bélica. En contraste con buena parte del ... Leer más Si hay algo distintivo en Zona de Miedo (The Hurt Locker, EU, 2008), octavo largometraje de la especialista en cine de acción Kathryn Bigelow (Punto de Quiebra, 1991; Días Extraños, 1995), es su rechazo a ver la ocupación en Irak como mero excipiente fílmico para la diatriba política o la autocrítica bélica. En contraste con buena parte del cine hollywoodense reciente, que ha tomado las aventuras guerreras en Medio Oriente para lanzar invectivas directas sobre las políticas criminales del ejército americano y los traumáticos efectos sobre los soldados, Zona de Miedo se concentra en las temerarias acciones del sargento Will James (espléndido Jeremy Renner), un hombre que no conoce otra forma de vivir que en medio del peligro, las explosiones, la guerra. Bagdad, 2004: James llega a la Compañía Bravo como especialista técnico en desarmar bombas. De inmediato logra que sus compañeros de misión, el profesional sargento Sanborn (Anthony Mackie) y el nervioso soldado 'especialista' Eldridge (Brian Geraghty), duden de su salud mental. James rompe el protocolo en más de una ocasión, se niega a escuchar razones y se coloca en peligro innecesariamente. No es un héroe jactancioso: ni siquiera él mismo sabe por qué hace lo que hace. Pero desarmar bombas -873, para ser exactos- es lo que lo define. No sabe hacer nada más. No quiere hacer nada más. Bigelow hace el retrato de su alienado guerrero ideal echando mano de los viejos tics de machismo hawksiano: laconismo que se rompe en la borrachera de rigor, disgusto que termina en un fuerte puñetazo, amistad viril que se sella compartiendo un jugo a mitad del desierto, duelo a golpes como forma última de desahogo. La directora está en su elemento montando las emocionantes secuencias en las que James se enfrenta a distintos retos. La cámara siempre en movimiento de Barry Ackroyd (desenfocándose, cambiando de posición, usando el zoom en todo momento) muestra la fascinación con la que James toma su tarea casi suicida. Cada bomba por desarmar es un reto personal, un trofeo que atesorar, una afirmación existencial. Sólo ahí, a punto de perderla, James le encuentra sentido a su propia vida. Sólo ahí se siente seguro. No eligiendo el cereal para el desayuno.
Son escasos los realizadores comprometidos con presentar un cine cargado de “Testosterona” y que sin concesión desplieguen en pantalla la fibra más pura y salvaje que aqueja al hombre contemporáneo. Puede decirse que la realizadora Kathryn Bigelow guarda similitudes con sus respetados colegas del genero documentalista, refiero a esto, por ... Leer más Son escasos los realizadores comprometidos con presentar un cine cargado de “Testosterona” y que sin concesión desplieguen en pantalla la fibra más pura y salvaje que aqueja al hombre contemporáneo. Puede decirse que la realizadora Kathryn Bigelow guarda similitudes con sus respetados colegas del genero documentalista, refiero a esto, porque Bigelow observa meticulosamente al hombre hasta despojarlo de sus vestiduras sociales y urbanas para encontrar el animal que se mueve en manada, caza y compite, para finalmente caer rendido ante la lente de la realizadora y poner de manifestó a un animal que ha sido domado por las convenciones sociales que lo aplacan, lo amansan y lo despojan de su voluntad.
El bestiario de Bigelow…
Los Amantes cine de motoqueros en la década del 50 que harían fruncir al Brando mas rebelde.
Near Dark un arriesgado y bizarro road movie de vampiros por las rutas americanas.
Point Break Temerarios hombres que vive al límite y que Surf mediante, día a día se miden a ver quien la tiene más grande. con Keanu Reeves y Patrick Swayze.
Días extraños… Wow… 1999 ylos caóticos festejos por el fin del milenio se alocan aun mas con drogas virtuales y digitales que habrán de tamizar una crítica a la sociedad de finales de milenio con relaciones humanas frías, aletargadas por el surgimiento de “sustitutos virtuales de la vida” gracias a las nuevas tecnologías.
K-19 Harrison Ford y Liam Nelson, cojonudos como pocos son unos marinos Rusos en un submarino nuclear un tanto sobrecantado todo a punto caramelo.
Enfrentando los prejuicios, Bigelow puede considerarse como un artista que no conoce de cuestiones de genero, para moverse ampulosamente en un terreno hostil en donde el cine de “Machos” era sello indiscutible de unos pocos elegidos como John Ford, Michael Mann, Walter Hill o el propio Herzog.
“En Tierra Hostil” ("The Hurt Locker") la testosterona desborda de la pantalla, ahora presentada como una indiscutible rubrica formal en trabajos de la directora. pero es en este film que la testosterona se eleva por el peligroso juego de sobrevivir a la guerra de Irak –y lo que resulta por demás arriesgado, un film de contexto bélico carente sin posicionamiento ideológico-. Toma para que aprendas Michael Bay seguí jugando con tus “Transformers” que ya aburren.
El conflicto bélico de Irak solo sirve de escenario para los animales de Bigelow, quien tiene entre manos un drama humano que no puede detenerse a contemplar y plantear el sentido del conflicto. Esta vez la salvaje criatura que estudiara la realizadora es el sargento William James (un genial Jeremy Renner) un adicto a los picos de adrenalina, a la permanente sensación de riesgo y el peligro que suponen llevar a cabo una misión suicida desactivando bombas durante toda la jornada.
Pero al rotar su compañía de servicio y regresar a casa este “supersoldado” se encuentra amansado y fuera de contexto en la calidez de una vida familiar...estos se refleja en una escena memorable donde el Sargento James pasa varios minutos frente a la góndola de supermercado pensando cual será el cereal mas adecuado para su pequeña hija… para regresar contento del supermercado e informarle a su familia que regresa a servicio activo de manera inminente.
El nervio puro de este relato le permite a Bigelow desarrollar todo su oficio de Narradora en un film que se pasea por los registros del suspenso y el tono descriptivo del estilo documental y así poder completar su campaña más peligrosa en pos de estudiar la condición masculina y alzarse triunfadora.
El Cine bélico no es una de mis pasiones, la mayoría de las veces trato de evitarlo pero es agradable encontrarte sorpresas como lo es The Hurt Locker de la directora Kathryn Bigelow, protagonizada por Jeremy Renne, Anthony Mackie y Brian Geraghty. La película esta basada en el guión del escritor Mark Boal, quien engrosó las filas de la escua ... Leer más El Cine bélico no es una de mis pasiones, la mayoría de las veces trato de evitarlo pero es agradable encontrarte sorpresas como lo es The Hurt Locker de la directora Kathryn Bigelow, protagonizada por Jeremy Renne, Anthony Mackie y Brian Geraghty. La película esta basada en el guión del escritor Mark Boal, quien engrosó las filas de la escuadrilla de bombas del EOD(Explosive Ordinance Disposal) en el ejército de Estados Unidos.
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Aunque “The Hurt Locker” se podría calificar en el genero “bélico contemporáneo”, coexiste con el Docu-Drama(una tendencia que esta caracterizando al siglo XXI), con la finalidad de hacernos reflexionar, creando un viaje muy realista a la cotidianidad de un grupo de soldados especializados en desarmar explosivos en territorio iraquí. Pese a mostrar el día a día sin demasiado dinamismo ni desarrollo argumental, y que tampoco es una película de carácter documental, sino que se vale de algunos recursos convencionales para construir su argumento, otorgándole cierto heroísmo y personalidad a los protagonistas,
La acción, emociones, y pensamientos de los protagonistas son tan reales que todo espectador los siente y los vive como propios. “The Hurt Locker” nunca pretende disfrazar la realidad y nos the hurt locker 4muestra los efectos del primer conflicto bélico del siglo XXI sin adornos, movimientos de cámara o trucos llamativos, simplemente usa el poder de sus personajes para atraparte desde los primeros minutos.
El objetivo de la película es retratar la guerra como una adicción, una droga que se asienta en el imaginario de sus participantes y los convierte en mercenarios de su propio deseo de acción adrenalínica. Se dice que quien no ha sentido el efecto de la adrenalina en su cuerpo, no ha vivido. Dicha adicción de vivir al limite corre a cargo del sargento Sargento William James (Jeremy Renne) un personaje sin miedo, que se siente excitado al encontrarse en la delgada línea de la vida y la muerte, motivo por el cual es único en su trabajo pero dicha adicción también lo convierte en un ser inadaptado en un entono normal donde la adrenalina se encuentra muy lejos de él. La actuación de Jeremy Renne es muy convincente casi podría decir que perfecta, y su rostro descarado le ayuda a hacerla más creíble.
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Otro punto que hay que destacarle a Kathryn Bigelow y que demuestra el esfuerzo por lograr autenticidad, es que las escenas de la película se grabaron en Jordan a escasos kilómetros de la frontera con Irak, que si no fuera por la bendita Wikipedia, me hubiera creído que era Irak.
Dentro de los datos curios que rodean a The Hurt Locker esta la intensa polarización de opiniones entre la crítica acreditada en la última Mostra de Venecia. Ya que mientras los italianos la destacaban como la mejor de todo el festival, los que la detestaron enarbolaron ese escabroso y resbaladizo adjetivo que suele surgir cuando faltan los argumentos de peso: “fascista”. Por lo que la película de Kathryn Bigelow ha dado mucho de que hablar y ha dejado mucho de ella en cada uno de los espectadores que la han visto, por lo que considero que The Hurt Locker debe ganar este proximo mes de marzo el Oscar como mejor película y a mejor direccion como minimo.
En conclusión, “The Hurt Locker” es una de las mejores que he visto en el 2010, altamente recomendable, donde no saldrán decepcionados, y que guarda un mensaje que el espectador logrará captar sin necesidad de mostrarlo de manera explicita.
Vivir al límite
"Muy Buena"
"Creo que hay películas que llegan en el momento justo. El heroismo de las tropas de EEUU en territorios extranjeros y sus dramas y peligros en los que viven caen en un buen momento para sensibilizar a los estadounidenses, entonces encontras esta película que se llena de Oscars. Es una del montón, bien hecha y punto. pensar que no le dieron el oscar a Avatar por darsela a esta."