Las películas sobre submarinos se han convertido desde los años 40 -a partir de clásicos como "Rumbo a Tokio", de Delmer Daves- en un género en sí mismo, con códigos y reglas propios que decenas de directores se ven obligados a respetar una y otra vez.
Pese a que la Guerra Fría es apenas un lejano recuerdo y los films sobre la Segunda Gue ... Leer más Las películas sobre submarinos se han convertido desde los años 40 -a partir de clásicos como "Rumbo a Tokio", de Delmer Daves- en un género en sí mismo, con códigos y reglas propios que decenas de directores se ven obligados a respetar una y otra vez.
Pese a que la Guerra Fría es apenas un lejano recuerdo y los films sobre la Segunda Guerra Mundial sólo apelan hoy a épicas humanistas como las de Steven Spielberg, los submarinos se mantienen a flote como extraño objeto de interés cinematográfico: la magistral "El barco", del alemán Wolfgang Petersen; "La caza al Octubre Rojo", de John McTiernan; o "Marea roja", de Tony Scott, son algunos ejemplos bastante recientes de este fenómeno.
En "K-19" es la talentosa directora Kathryn Bigelow, única mujer que en Hollywood domina géneros supuestamente reservados para sus colegas hombres (incursionó en el cine de terror con esa vanguardista historia de vampiros que fue "Cuando cae la oscuridad", en el policial de acción con "Testigo fatal" y la notable "Punto límite", y en la ciencia ficción apocalíptica con "Días extraños"), que se sumerge en una historia "inspirada" muy levemente en un caso real ocurrido en 1961 a bordo de un submarino nuclear soviético.
Esta superproducción de 100 millones de dólares de presupuesto se centra en el duelo psicológico entre dos opuestos militares que comandan el K-19, un poderoso submarino que el Kremlin diseña a toda velocidad -y sin demasiado interés por la seguridad de sus tripulantes- con el objetivo de hacer una prueba misilística y asustar a la administración de Kennedy.
Los polos opuestos de este enfrentamiento son el implacable capitán Aleksei Vostrikov (Harrison Ford), que asume con mano dura el control de esa nave insignia, y el anterior responsable del submarino, Mikhail Polenin (Liam Neeson), un oficial bastante más sensible que cuenta con el apoyo de los marinos.
El esquemático, burdo y previsible guión de Christopher Kyle (que ni siquiera pudo ser mejorado por un escritor prestigioso como Tom Stoppard, que trabajó como script doctor sin aparecer en los créditos) retrata con trazo grueso las contradicciones y diferencias psicológicas de ambos contendientes, que se vuelven irreconciliables cuando empiezan los problemas mecánicos del K-19, y un posible escape nuclear amenaza la supervivencia de la tripulación y hasta puede desatar una escalada bélica entre las dos máximas potencias del planeta.
Que el elenco de actores norteamericanos hable con un impostado (e insoportable) inglés con acento ruso no es el mayor de los problemas de la historia: la mirada sobre el heroísmo recurre a todos los clisés esperables, mientras que la caricaturesca representación de los burócratas comunistas resulta risible. El otro gran problema son los 138 minutos de metraje, que dejan la sensación de que cada una de las escenas dura bastante más de lo que debería. Mientras tanto, Bigelow ratifica su oficio y su capacidad técnica (se formó de la mano de su ex marido John Cameron) para dotar a las escenas de acción del realismo y la tensión necesarios y para manejar algunos pasajes dramáticos con un tono claustrofóbico que por momentos alcanza a contagiar al espectador. En este sentido, es muy eficaz el trabajo del editor Walter Murch, habitual colaborador de Francis Ford Coppola.
Ford, en un personaje premeditadamente inexpresivo, está lejos de sus mejores trabajos, mientras que Neeson tampoco encuentra demasiado espacio para el lucimiento en el papel de un militar que encarna una visión más humanitaria (si es que ella existe) del guerrero que debería estar dispuesto a cualquier sacrificio para servir a su patria. Por su parte, entre los secundarios apenas se destaca Peter Sarsgaard, como un inexperto y atemorizado responsable de controlar el reactor nuclear del navío.
Así, "K-19" sólo ofrece cierta espectacularidad en las imágenes ambientadas bajo las heladas aguas del océano Artico -potenciadas a partir de la utilización de sofisticados efectos visuales- y está destinada especialmente a aquellos espectadores que mantienen la fascinación por las películas de submarinos que siempre están al borde de la catástrofe.
Diego Batlle
K-19: The Widowmaker
"Ay aqui la tengo para verla, espero que me guste pues me encantan este tipo de pelis, y hasta ahora Ford no me ha desespcionado."