Muchas veces se ha dicho que la realidad supera a la ficción, pero pocas veces me ha sucedido que una película ambientada en los años ‘30 y basada en hechos reales termine siendo una ironía de la situación actual. Y eso es lo que pasa con Enemigos Públicos.
El film, protagonizado por quien tal vez sea el mayor ícono del cine del momento ... Leer más Muchas veces se ha dicho que la realidad supera a la ficción, pero pocas veces me ha sucedido que una película ambientada en los años ‘30 y basada en hechos reales termine siendo una ironía de la situación actual. Y eso es lo que pasa con Enemigos Públicos.
El film, protagonizado por quien tal vez sea el mayor ícono del cine del momento, Johnny Depp, narra una parte de la historia del mítico ladrón de bancos estadounidense John Dillinger. Este referente de los asaltantes era distinto al resto por una cuestión no menor: Dillinger se preocupaba por el atraco en sí y le prestaba particular atención a nunca dañar a los civiles. Así, y tal vez como un adelantado en cuanto a considerar la importancia mediática, en lugar de haber generado un rechazo en la opinión pública a pesar de que se estima que en dinero actual habría robado unos 5 millones de dólares, la sociedad norteamericana lo integró casi como parte del jet-set.
Enemigos Públicos se centra en la etapa más activa de un Dillinger ya afincado como líder de una banda. Su carisma lo ha llevado a un punto tal que con cada desvalijamiento de una entidad bancaria el mismísimo jefe del FBI, Edgar J. Hoover -Billy Crudup-, queda en ridículo. Es por eso que se ve obligado a formar una fuerza especial con el único objetivo de detener al crimen organizado, y pone al frente de esta unidad al incorruptible e incansable agente Melvin Purvis -Christian Bale-.
Paralelamente, Dillinger encuentra el amor una noche en Billie Frechette -Marion Cotillard- una joven de clase media-baja una noche de fiesta, y desde ese día la considera su mujer.
Con la aparición de Billie, la historia se parte en dos: Por un lado está el Hombre Más Buscado de Estados Unidos, el maleante inatrapable, que establece un duelo personal contra el agente Purvis. Y por el otro, está el amante que no puede dejar de comprender que cuanto más avanza su carrera delictiva, más riesgo corre la persona a quien ama.
La disyuntiva no es fácil por una cuestión en la que el director Michael Mann acierta en mostrar a la hora de la filmación: Dillinger amaba tanto a Billie como robar bancos. Mann logra captar el disfrute de Dillinger por el asalto mismo, el goce por la planificación todavía más que por el dinero.
La película es una gran opción que mezcla entretenimiento, acción y romance. Todo esto, acompañado por tres figuras internacionales que además parecen estar en el pico de su carrera artística como son Depp, Bale y Cotillard.
El único reclamo que le haría, y esto ya desde un plano personal, tiene que ver con lo que no se muestra. Aquí debo aclarar que soy un fanático de las historias basadas en hechos reales, y lo que suelo destacar de ellas es que me muestran facetas hasta entonces ignotas de personajes ultra conocidos. En este punto es que creo que le reclamaría más a la historia: nada se cuenta sobre el Dillinger previo a la figura pública, no hay un background, no sabemos nada de su juventud, de su familia…
Ojo, evidentemente esto ha sido premeditado, y está claro que como el objetivo del film es centrarse en el Dillinger más recordado, la película funciona y muy bien.
Pero ya entrando en aspectos puntillosos, me quedan ganas de ver la historia previa del Gran Ladrón.
Vuelvo por un instante al principio sólo para una reflexión. Me refería en el inicio a una ironía, y es la siguiente: tras la crisis económica reciente, el siglo XXI tal vez se deba un film en donde los “malos” sean los banqueros y no quienes los saquean.
Un punto aparte: la banda sonora es sencillamente exquisita.
Enemigos públicos, entrega más reciente de Michael Mann –acaso el último gran artesano de Hollywood, sensible al significado último de hacer una película, en el que al arte antecede el oficio–, cuenta la caída en desgracia de uno de los criminales más famosos de Estados Unidos, el ladrón de bancos y héroe popular John Dillinger –insu ... Leer más Enemigos públicos, entrega más reciente de Michael Mann –acaso el último gran artesano de Hollywood, sensible al significado último de hacer una película, en el que al arte antecede el oficio–, cuenta la caída en desgracia de uno de los criminales más famosos de Estados Unidos, el ladrón de bancos y héroe popular John Dillinger –insuflado de vida por un muy relajado Johnny Depp–, real escapista de la gran Depresión de 1929.
De ritmo lento, moroso y reflexivo, el filme nos remite inmediatamente al retrato que hiciera Andrew Dominik de Jesse James, hito de los forajidos americanos allende el ocaso del siglo XIX. Como es habitual en Mann, su historia transita sobre la tenue línea que separa al bien del mal, al prófugo del justiciero que lo busca. Más allá de la trama –ensamblada como un cuento, género literario cuyo final se anuncia, a la vez contundente y sutil, desde el inicio, como quisiera Anton Chéjov–, Enemigos públicos se dedica a mostrar la consolidación del FBI y sus métodos de inteligencia –la invasión de la esfera privada por el ámbito público–, a manos de J. Edgar Hoover, director de la oficina, y, en el caso particular de la aprehensión de Dillinger, el agente especial William Purvis –encarnado por un sobrio y soberbio Christian Bale–. Película de pocas concesiones y una demanda de espectadores sensibles, Mann nos ofrece su obra más intimista –más aún que la sublime Colateral (2004)–, a pesar de la historia de dominio público de la que se ocupa.
–David Miklos
Apasionado del béisbol, las carreras de caballos, los automóviles, el whiskey y el amor por su novia Billie Frechette. Adorado por el pueblo y por la prensa debido a sus espectaculares atracos y fugas de prisiones, John Herbert Dillinger (1903-1934), legendario y carismático asaltante de bancos en la era de la Gran Depresión, se convirtió en l ... Leer más Apasionado del béisbol, las carreras de caballos, los automóviles, el whiskey y el amor por su novia Billie Frechette. Adorado por el pueblo y por la prensa debido a sus espectaculares atracos y fugas de prisiones, John Herbert Dillinger (1903-1934), legendario y carismático asaltante de bancos en la era de la Gran Depresión, se convirtió en la obsesión del ambiguo Jefe del FBI, Edgar Hoover y de su mejor G-Men, Melvin Purvis. Sus andanzas delictivas y de sus distintas bandas, así como su relación con otros gángsters célebres de la época como Baby Face Nelson o Frank Nitti, sirven de pretexto al cineasta Michael Mann para regresar a lo mejor de su filmografía en Enemigos públicos (Public Enemies/EU, 2009). Pese a sus altibajos, se trata sin duda de un realizador con un talento especial para crear impactantes diseños visuales. Estilizadas y poderosas imágenes ligadas a bandas sonoras que son todo un hallazgo y que no ha hecho más que extender una constante de su obra: el enfrentamiento entre dos personalidades opuestas en tonos que remiten por lo general al western o al thriller crepuscular (la teleserie Historia del crimen, Sabueso, Fuego contra fuego). En este caso: la pugna entre Dillinger (un notable y mesurado Johnny Depp) y el agente Purvis (un eficaz y versátil Christian Bale). A pesar de otros espléndidos relatos policiales nostálgicos y atmosféricos similares a éste –Los intocables, Abuso de poder, Los Ángeles al desnudo–, estamos quizá ante el primer filme de gángsters high-tech que, sin embargo, jamás traiciona el espíritu de los filmes noir serie B que lo inspiran y que describían desesperanzados universos urbanos tendientes al crimen, la pasión y la violencia, que se proyectaban en cines como el Biograph donde fue abatido el héroe. De hecho, Enemigos públicos, resulta una suerte de homenaje emocional a relatos como Sólo vivimos una vez (Fritz Lang, 1935), Dillinger (Max Nosseck, 1945), Muerte al amanecer (Joseph H. Lewis, 1950), o Manhattan Melodrama (W.S. Van Dyke, 1934) con Myrna Loy y Clark Gable, última película que Dillinger vio en vida, cuyos diálogos y situaciones sintetizaban mucho de su propia personalidad y aspiraciones, como lo muestra este impactante thriller melancólico, romántico y nihilista en un mundo entre el sueño y la vigilia, como la voz de Billie Holliday en el soundtrack.
Por Rafael Aviña
Impecable en lo visual, en la construcción narrativa y en la puesta en escena; pulcra y lacónica como su personaje; cerebral en su intención de trabajar con los dobles, los opuestos y los espejos, e imaginativa en la concepción de sus mejores secuencias, Enemigos públicos es una obra que mantiene el interés y produce deleite, pero difícilme ... Leer más Impecable en lo visual, en la construcción narrativa y en la puesta en escena; pulcra y lacónica como su personaje; cerebral en su intención de trabajar con los dobles, los opuestos y los espejos, e imaginativa en la concepción de sus mejores secuencias, Enemigos públicos es una obra que mantiene el interés y produce deleite, pero difícilmente emociona. La minuciosidad estilística de Michael Mann predomina en el retrato del último año de la vida de John Dillinger -el de la vertiginosa trayectoria delictiva que lo convirtió en figura popular y "enemigo público número 1"-, que quiere ser también el retrato de su contexto histórico. Es la época de la Depresión, de Bonnie & Clyde y de Ma Barker y también el tiempo en que el FBI se consolida como la gran fuerza de policía nacional y el crimen se organiza. Duro y sentimental, Dillinger es -según el film- el gánster independiente que prolonga cierta tradición. Como tal, desafía a la ley pero también es visto con recelo por los futuros mafiosos capitalistas. Su carisma y su modus operandi (robaba a los bancos, no a los clientes), sumados a la desconfianza y el rencor que inspiraban las instituciones financieras en la gente tras la pérdida de sus ahorros (puede hallarse aquí cierta resonancia actual), le valieron la simpatía popular: un fenómeno cultural que el film menciona pero no transmite.
Misterio impenetrable
En realidad, no hay en las imágenes huellas de la Depresión. Aquí, Dillinger circula entre clubes sofisticados y bancos imponentes revestidos de mármol. Son pequeñas libertades que se toma la adaptación, que sigue los hechos principales de su trayectoria delictiva hasta el famoso y trágico final a la salida de un cine, pero hace hincapié en el duelo personal que se establece entre él y Melvin Purvis, el hombre del FBI encargado de su cacería (sector en el cual Mann puede aventurarse por el tema del doble y hacer del enemigo una suerte de alter ego), y en la cuestión sentimental: su relación con la bella y vulnerable Billie Frechette, con la que Marion Cotillard (la actriz de La vida en rosa ) aporta la vibración humana que falta en casi todos los restantes personajes.
Sin duda el de Dillinger es fascinante y complejo. Mann acierta a revelarlo sólo por momentos, sobre todo en el comienzo -la espectacular secuencia de la fuga de la prisión de Indiana supone una sintética y contundente aproximación al carácter de su protagonista-, pero su misterio permanece tan impenetrable como la segura calma y el aire cool que le impone Johnny Depp con su decir contenido y parsimonioso (detrás del que se adivina, a veces, el deseo o la amenaza). Es el suyo un Dillinger aséptico, como obligado a representar todo el tiempo el papel que lo ha llevado a ser figura pública. Como su rival, Christian Bale exhibe una contención similar, justificada por las características de su personaje. Billy Crudup (J. Edgar Hoover, entonces al frente del FBI), Jason Clark (Red Hamilton, leal socio del protagonista) y Stephen Graham (Baby Face Nelson) son algunos nombres destacables del extenso elenco. Y aunque no todos los personajes secundarios resultan fácilmente identificables, a Stephen Lang le basta el breve epílogo para conferirle algún espesor al suyo: el agente Charles Winstead, uno de los que dispararon sobre Dillinger.
Con su perfeccionismo habitual y su dominio de la puesta en escena, Michael Mann enhebra prolija y algo fríamente la sucesión de episodios que registra la leyenda de Dillinger. El film cobra vida en las escenas de acción y en las que el protagonista comparte con su amante, pero sobre todo deja en la memoria algunas secuencias que hablan de su maestría: la ya citada del comienzo; la muy tensa del ataque nocturno al albergue del bosque donde se han refugiado los delincuentes, y el osado recorrido del gánster más buscado del país por la oficina policial donde contempla, como el visitante de un museo, su propia mitología.
Fernando López
Por razones de concentración dramática, a la hora de llevar al cine el voluminoso libro de Bryan Burrough Public Enemies: America’s Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-34, Michael Mann dejó afuera las historias de otros grandes ladrones de bancos de los años 30, desde Butch Cassidy & The Sundance Kid hasta Bonnie y Clyde, pasan ... Leer más Por razones de concentración dramática, a la hora de llevar al cine el voluminoso libro de Bryan Burrough Public Enemies: America’s Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-34, Michael Mann dejó afuera las historias de otros grandes ladrones de bancos de los años 30, desde Butch Cassidy & The Sundance Kid hasta Bonnie y Clyde, pasando por Ma Baker, Pretty Boy Floyd, Machine Gun Kelly y Baby Face Nelson. Centró Enemigos públicos en la figura de John Dillinger y reservó apenas un par de breves, tanáticas apariciones a Floyd y Nelson. Como las Dillinger previas (1945 y 1973), la nueva película del realizador de El último de los mohicanos, Fuego contra fuego y El informante no es una biografía del “Enemigo Público Nº 1”, sino que se concentra en el breve período en el que este hijo de un almacenero de Indiana parecería haberse vuelto incandescente. Poco más de un año, en el que Dillinger disparó todos sus cartuchos a velocidad de metralleta antes de apagarse para siempre, a la salida de un cine de Chicago.
Tras purgar casi diez años de prisión por un robo de tres por cuatro, en lo que va de mayo de 1933 a julio de 1934 Dillinger asoló el Oeste Medio de los Estados Unidos, robó bancos y comisarías, tomó rehenes, se enfrentó con la policía y el FBI. Pero, como quien preserva la fuente de su popularidad, se cuidó muy bien de no asesinar jamás a un particular. La escena inicial de Enemigos públicos muestra el arrojo y capacidad organizativa de Dillinger (Johnny Depp) y su banda, que fugan de una prisión estatal en masa y a tiro limpio. En la secuencia siguiente asoma, con paciencia y precisión de cazador, el hombre que será el Némesis de todos ellos, el agente federal Melvin Purvis (Cristian Bale). Buscando publicidad para sí mismo y el bureau que dirige, J. Edgar Hoover, amo y señor del FBI (Billy Crudup), no tarda en designar a Purvis, con bombos y platillos, al frente de una división especial, encargada de llevar el caso Dillinger.
En la entrevista publicada el domingo pasado por Página/12, Mann niega haberse apoyado sobre una simetría clásica de los policiales, que confronta (o une) un lado y otro de la Ley. Pero ese juego de espejos salta a la vista, en la presentación misma de la película. La banda de Dillinger y lo que podría llamarse el “Purvis Gang” se comportan con una misma e implacable eficacia profesional. Eficacia muy manniana, que no se diferencia demasiado de las que exhibían el investigador de Cazador de hombres, los poliladron de Fuego contra fuego o el gélido asesino de Colateral. Filmada, como todas las últimas del realizador, en digital de alta definición, se diría que, más que en el texto, Enemigos públicos acierta en el contexto. El meticuloso guión puntualiza la interna entre el FBI y el Departamento del Tesoro y el ascenso de Hoover, cuya “guerra contra el crimen” y los métodos de tortura impuestos para ganarla llevan a una inevitable comparación con la “guerra al terror” de Bush, Abu Ghraib y Guantánamo incluidas.
Con parecida puntillosidad Enemigos públicos describe la batalla mediática entre Hoover y Dillinger y la elevación del outlaw a la categoría de ídolo popular, apuntando al paso las tensas relaciones entre ladrones “desencuadrados” y crimen organizado (en la figura de Frank Nitti), así como la oposición entre profesionales “serios”, como Dillinger, y “monos con navaja”, al estilo de Baby Face Nelson. Lo que la película no logra es lo que Mann dice haberse propuesto. Perjudicada tal vez por una extensión de casi dos horas y media, Enemigos públicos no parece transcurrir contra reloj, sino en medio de la atemporalidad. En lugar de intensidad al rojo y ganas de tenerlo todo ya, parece concebida y realizada con la misma clase de fría aplicación que caracteriza a los héroes de Mann. A diferencia de la versión John Milius de los ’70, por ejemplo, donde el bank robber aparecía convertido en fuerza primal.
Es curioso que uno de los aprioris de Mann haya sido, tal como el propio realizador y coguionista asegura, “meterse en el cerebro de Dillinger”. El cineasta de Colateral y Alí tiende, sobre todo en sus últimas películas, a observar a sus personajes no como tales, sino como figuras en un paisaje, trazos tenues en una tela abstracta. Tela que pinta haciendo gala de estilo: primerísimos planos recortados sobre inmensidades vacías, contrastes lumínicos, montaje fluido, un aire general de refinamiento que en algunas ocasiones, como en ésta, tal vez sea inadecuado. Tanto en Miami Vice como aquí, el estilo no es el hombre. O al estilo le falta el hombre, más precisamente: el espectador sale de Enemigos públicos sabiendo poco y nada sobre Dillinger, Purvis, Hoover o cualquier otro. Ni qué hablar de Billie Frechette, la chica de ascendencia india y francesa a la que interpreta Marion Cotillard, ganadora del Oscar por su sobreinterpretación de Piaf en La vie en rose, tan decorativa aquí como Gong Li en Miami Vice.
Por Horacio Bernades
Buena
Esperaba mas. La peli pasa, pero...al menos en mi caso, no me parecio nada del otro mundo. Buena realizacion, si. Buen vestuario, si, ...Johnny...como siempre excelente...pero, ahi quedo. Para ver si no tenes otra cosa mejor...