Sabedor de que la vía de la comedia es la que le abre mejores posibilidades para encarar todos los temas -incluidos los más serios y hasta los más penosos-, Juan José Campanella ("El mismo amor, la misma lluvia") adopta el tono humorístico para exponer la crisis personal de un cuarentón muy porteño y muy reconocible.
No es un camino senci ... Leer más Sabedor de que la vía de la comedia es la que le abre mejores posibilidades para encarar todos los temas -incluidos los más serios y hasta los más penosos-, Juan José Campanella ("El mismo amor, la misma lluvia") adopta el tono humorístico para exponer la crisis personal de un cuarentón muy porteño y muy reconocible.
No es un camino sencillo porque hay aquí un costado entrañable, autobiográfico, que lo aproxima a temas y realidades muy dolorosas (el mal de Alzheimer o la vejez, por ejemplo), nada fáciles de armonizar con el registro de comedia que domina la mayor parte del relato y que él conduce con mano maestra.
El realizador se apoya en personajes que han sido nítidamente dibujados en el libro (suyo y de Fernando Castets, habitual colaborador) y que un elenco admirable colma de verdad y de vibración humana, y así logra cierta fluidez en la articulación de los sectores más humorísticos del relato (allí donde reinan una ironía y un sarcasmo emparentados con los de la comedia italiana) y aquellos en los que pesa más el costado sentimental. No obstante, queda en evidencia algún desnivel.
Está claro que el terreno de la comedia no es sólo el que más favorece a Campanella sino el que lo distingue como uno de los poquísimos autores locales tan conocedores de su arquitectura formal como para filtrar en ella sus opiniones. Tal seguridad en el oficio, así como el brillo que parece espontáneo y que es fruto de su agudeza de observación y de su ingenio, quedan expuestos en la construcción de las escenas, en el ritmo picante y sostenido del diálogo, en la lógica y la contundencia de sus remates, en el rigor necesario para abandonar una situación antes de que empiece a dar señales de agotamiento. En cambio, cuando toca la cuerda sentimental y se aproxima al melodrama, el lenguaje se hace más directo -a veces, bordea lo sentencioso y lo discursivo- y el film empalidece, aunque el efecto emotivo no se desdibuje, sobre todo gracias a la sincera convicción de los intérpretes.
Un tipo en crisis
Ajetreado hasta el vértigo en la carrera por la supervivencia, distraído de sus responsabilidades como hijo, padre, marido (separado) y novio, Rafael se topa de golpe con el oportuno parate que lo invita a recapitular.
Es como si todo se hubiera conjurado para colocarlo frente al espejo de su íntima disconformidad consigo mismo: el restaurante con el que se ha ganado una posición empieza a trastabillar acosado por los problemas financieros y la presión de las grandes cadenas a la caza de negocios chicos y consolidados; crecen los reclamos -de índole diversa- de su hija, de su ex mujer y de su actual pareja; inesperadamente reaparece un amigo de la infancia que ha sobrevivido a una terrible tragedia personal. Y -como llegado de otro planeta en el que toda esa agitación resulta vana- su padre viene a pedirle ayuda porque piensa hacerle a su eterna compañera (ahora instalada en un geriátrico por causa de la enfermedad) el único regalo que le debe: la boda por la iglesia.
No hay corazón que resista; el de Rafael tampoco. Dice lo que siente cuando asegura que lo único que quiere es que lo dejen en paz, pero todavía le costará algún esfuerzo reconocer que el problema no proviene de los demás. Ellos en todo caso -el padre o el amigo, con sus sencillas y esenciales certezas- le tenderán una mano.
"El hijo de la novia" es un film muy argentino. Lo es en el carácter reconocible de los personajes, en la forma con que se los ve hacer equilibrios entre la lucha por la supervivencia, la desdicha afectiva y el juicio de los otros; en el ejercicio de un humor burlón, cáustico y muchas veces autodirigido como escudo defensivo ante la adversidad; en la resignada familiarización con una anormalidad que ya se ha vuelto rutina; en el límite difuso y amoldable que separa lo lícito de la corrupción o la inmoralidad. Y hasta lo es también en la dificultad que evidencia el film cuando debe poner en palabras sentimientos y emociones que entre nosotros, muchas veces, se prefiere dar por sobreentendidas.
En tren de comedia, Campanella hace observaciones agudas sobre la situación actual, sobre los cambios experimentados en la vida social y el comportamiento. Pero no las subraya con discursos, se infieren de la propia historia. Hay apuntes sabrosos que surgen del contraste visible entre los valores que marcaron el mundo de los padres y el de Rafael; en la propia evolución del restaurante familiar; en la relación que mantiene el protagonista con sus parejas y su hija. Y casi siempre, la observación viene prendida de la ocurrencia, la situación cómica o el chiste rápido.
Se ha dicho que Campanella tiene socios irreemplazables en sus magníficos actores. No es sólo la desenvoltura de Darín, ni el oficio de Aleandro ni la transparencia de Alterio. Hay más: Darín no se conforma con la comodidad de un papel que le calza como anillo al dedo y busca enriquecerlo con reveladores detalles personales. Norma Aleandro evita tanto la sobreactuación (cómica o patética) como la insipidez a la que la podría haberla conducido tomar el rumbo contrario: su Norma es tierna, graciosa y conmovedora, y tan real que uno cree adivinar en esa mujer entorpecida por la enfermedad a aquella otra joven de la que su marido todavía está enamorado.
Que esa imagen de la mujer que fue llegue tan nítida hasta el espectador es también mérito de Alterio, ese apacible Nino Belvedere cuya mirada diáfana desnuda toda su nobleza. Son sin duda dos personajes elaborados desde el libro con la materia del cariño.
Hay en el elenco muchos otros trabajos impecables -los de Eduardo Blanco, Claudia Fontán y Salo Pasik, en especial- y hasta un par de sorpresivos invitados -Alfredo Alcón y Adrián Suar- que se interpretan a sí mismos en una escena que responde menos a una necesidad del libro que a la voluntad de hacerle un guiño simpático al espectador.
Fernando López
Excelente
Una maravillosa película argentina, con dos actores de lujo, Norma Aleandro y Hector Alterio. Divierte y emociona. Bien Darin y Eduardo Blanco.